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Editorial: Un mensaje de espaldas a la sociedad

 

El 28 de julio, la realidad del poder se nos presentó sin máscaras. La mandataria, cuya aprobación apenas llega a los dos dígitos según la última encuesta del IEP, y el Congreso de la República, desaprobado por 9 de cada 10 peruanos y peruanas, compartieron una presentación en la que ambos actores se expusieron tal cual. El Congreso estrenó nueva mesa directiva, resultante de la consumación del acuerdo entre Fuerza Popular y Perú Libre, con la bendición de Alianza para el Progreso y el respaldo de la mayoría de los congresistas, no importa si autodefinidos de izquierda o de derecha. La señora Boluarte concurrió al recinto parlamentario con su Gabinete, presidió la celebración nacional y cumplió con el rito del mensaje presidencial por las Fiestas Patrias. Mientras el ritual se cumplía y exhibiendo cómo Ejecutivo y Legislativo están de espaldas a la gente y sus demandas, la Policía reprimía violentamente a un grupo considerable de manifestantes en el centro de Lima, en las plazas San Martín y Dos de Mayo. Simultáneamente, en otras importantes ciudades del país también se producían movilizaciones.

El mensaje de más de tres horas de la mandataria, el discurso más largo de este siglo, presentó citas de la historia, números de hoy, programas y bonos, supuestos logros y una gran cantidad de promesas, combinando presente, pasado y futuro en un discurso desordenado y engañoso. Tan engañoso que empezó presentando su Gobierno como resultado de “una gesta democrática que impidió que nuestro país sucumbiera en una crisis sin precedentes y que los derechos y libertades de los ciudadanos resulten menoscabados por un golpe de Estado”, como si el 7 de diciembre Castillo no se hubiera descalificado solo con su autogolpe fallido, luego de año y medio de una gestión mediocre y corrupta. Un vano intento de la presidenta por hacernos creer que representa el triunfo de la democracia sobre el autoritarismo.

Desde sus primeras frases, Dina Boluarte dejó en claro que gobernará hasta el 2026. Empezó anunciando que liderará las celebraciones del Bicentenario de la Batalla de Ayacucho el 2024 y terminó asumiendo compromisos que van hasta el 2026 y más allá. Que el 80% de compatriotas, de acuerdo con la misma encuesta del IEP, piensen que lo más conveniente para el país es el adelanto de elecciones, no es parte de su realidad. Más grave aún, insistió en que “la convulsión social” que se desencadenó tras su instalación, tuvo como objetivo “ahora sin duda alguna, derrocar al nuevo Gobierno”. Busco así desentenderse de su responsabilidad y evidenció una intransigencia que hace de su tímido y tramposo pedido de perdón por las 49 víctimas “por enfrentamientos directos con las fuerzas del orden” -cuando distintos informes internacionales hablan de por lo menos 20 ejecuciones extrajudiciales-, un ejercicio retórico, vacío de contenido y sin consecuencias para los perpetradores y los responsables políticos.

El mensaje tuvo un diagnóstico del país recibido y una mirada a la emergencia por las lluvias, la sequía y el friaje, como argumentos para explicar las dificultades y desafíos de su Gobierno. Así como parece creer que basta con “esconder” los muertos por el uso desproporcionado de la fuerza para cambiar la realidad, en el rápido balance que hizo del país recibido, la señora presidenta evidenció falta de memoria, que lindó con la amnesia. Al Gobierno de Pedro Castillo se le responsabilizó de la parálisis económica, la inseguridad ciudadana y el incremento de la corrupción en el país, y se olvidó de que ella fue vicepresidenta, ministra del MIDIS y vocera calificada.

La “rendición de cuentas” que se hizo en el mensaje presidencial siguió la misma tónica. Medias verdades ampulosas, silencios cuidadosos frente a las precariedades de ocho meses de una gestión mediocre y olvido interesado de temas estratégicos. Mucho número de programas importantes como “Con Punche Perú”, pero ninguna palabra sobre la contracción de la actividad económica en lo que va del año, ni una línea sobre el aumento del déficit fiscal o sobre la tasa de inflación. Ninguna preocupación por el 46% de hogares que compra menos alimentos por no contar con ingresos suficientes, lo que evidencia la gravedad de la crisis social y económica. Mucho discurso sobre la salud y la seguridad, y silencio absoluto sobre la incapacidad de ejecución del presupuesto de los sectores respectivos: apenas 13.1% Interior y 18.7% Salud. Mucho ruido para no mostrar que somos el país de la región con la mayor tasa de muertes por millón de habitantes (6.49) a causa del dengue, una enfermedad que deja, hasta el momento, 137 539 casos confirmados y 357 decesos, el mayor brote de este siglo.

De igual manera, mucho ruido sobre la corrupción, pero mutis sobre los distintos casos, ESSALUD por ejemplo, que comprometen a este Ejecutivo, combinado con un manejo poco serio y prolijo de los números: decir que 20 regiones tienen un servicio oncológico implementado y operativo para el tratamiento del cáncer, cuando solo existen 4, o sostener que la Defensoría estima en cinco mil millones el costo de la protesta social, cuando no existe huella alguna al respecto.

El discurso tuvo graves omisiones. Ninguna mención a la agricultura familiar, productora de cerca del 60% de alimentos que consumimos; los campesinos y las comunidades simplemente no existen. La política agraria reducida a una vulgar aritmética de bonos y ayudas coyunturales y de emergencia. La cuestión ambiental no existe en un país en el que la deforestación de la Amazonía avanza a razón de más de 150 000 hectáreas anualmente y el agua para la agricultura es una urgencia y materia de conflicto. Ni qué decir del cambio climático. La violencia contra la mujer no mereció más de tres líneas en el discurso, a pesar de los números de espanto en lo que va del año -79 feminicidios, 133 tentativas y 13 669 denuncias de violencia sexual. Curioso silencio este último, dado el énfasis de la mandataria al inicio de su discurso, de su condición de mujer. Tampoco se dijo nada sobre la relativa censura internacional a la grave situación del país.

Las promesas enarboladas por la señora Boluarte no tienen un tono distinto. Mucha declaración y abundantes cifras en torno a 9 ejes sin explicar de dónde provendrán los recursos en un contexto de reducción de los ingresos fiscales y de recesión económica. Anuncios como la petroquímica del sur, que obvian los problemas de arbitraje en curso y que asumen el interés de algún privado que se desconoce. Ausencia de un eje que articule la multiplicidad de anuncios. Ni reforma política, ni reactivación económica que ordenen las cosas. Mucho paquete de normas y oferta de obras, pero ninguna propuesta mínimamente integral en cualquier tema social. En medio de ese desorden, algunas ofertas muy peligrosas como la implementación de la policía del orden y la seguridad para suplir el déficit de 50 000 policías con jóvenes licenciados de las FFAA, contratados temporalmente, capacitados en 6 meses… y armados.

En síntesis, un discurso dedicado a sus socios del Congreso y una renuncia clara a la política, que evidenció su talante autoritario, así como su desinterés y falta de voluntad para atender la movilización ciudadana. La salida propuesta a la crisis política fue la reactivación de un prácticamente inexistente Acuerdo Nacional lo cual es claramente un saludo a la bandera. En segundo lugar, orientado a la derecha, al anunciar como la gran reforma política, una bicameralidad de distrito único -reservada para las élites, dado el peso electoral de Lima y caballo de Troya para la reelección de los actuales congresistas. Finalmente, apuntó con números y ofertas desordenadas a captar, o por lo menos a neutralizar, a algunos clientes en una sociedad convulsa que rechaza a ambos poderes del Estado. En pocas palabras, Boluarte se mantiene en su afán por sobrevivir y apuesta por flotar. Queda claro que estamos frente a una clase política que está terminando de liquidar el contenido mismo del ejercicio de la democracia y del poder democrático.

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Lima, 02 de agosto del 2023.

 

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